lunes, 30 de septiembre de 2013

De la Identidad a la Unidad

Y en tu mirada mojada vi que rezabas por mi alma.
Y te vi llorar un río a cada lado de tu rostro sin desmaquillar...
como el negro escuchando a Van Zandt cantar "Waitin´around to die".
Y entre el dolor y la nada, elegí el dolor.

(Nacho Vegas)

Me viene de vez en cuando a la mente cierto fragmento de "El arte de amar" de Erich Fromm en el que establece lo que a su juicio constituye una diferencia fundamental entre las culturas de Oriente y Occidente, algo que quizás hoy a unos cuantos nos parezca evidente pero que ni mucho menos lo era hace medio siglo. Se refiere en el citado fragmento el autor a la diferencia entre la "lógica aristotélica", fundada en el principio de identidad que ha servido de cimiento a nuestra mentalidad durante miles de años, y la "lógica paradójica" propia del pensamiento oriental, que no excluye identidades diversas.

Dada mi procedencia del campo de la teoría literaria, me sorprendió al leer este fragmento constatar la percepción que quizás se haya heredado culturalmente de la filosofía de Aristóteles, pues no se correspondía -aunque pueda complementarse- con la que yo me había formado al estudiar su concepción del funcionamiento de la tragedia griega. Recordemos que la palabra "lógica" deriva de la griega "logos", que significa "pensamiento", y que la lógica tradicional -de raigambre aristotélica- parte de una serie de principios: el de identidad (una cosa es una cosa), el de no contradicción (una cosa no es dos cosas a la vez) y el del tercero excluido (una alternativa es falsa y otra verdadera y no cabría una tercera posibilidad).



Es cierto que Aristóteles definió la lógica como la ciencia de la demostración (formular reglas para alcanzar verdades), pero también lo es que definió la tragedia como la imitación de acciones. Igual que concibió la lógica como vehículo para demostrar la realidad, concibió la tragedia (el Arte) como medio para mostrar la realidad al recrearla. No solo reparó en la demostración racional, también en la expresión emocional por mediación del Arte.

Comento todo esto porque considero que quizás uno de los grandes legados que Aristóteles nos dejó fue su concepto de "catarsis". Esta se produce por el temor y la compasión que experimenta el espectador ante el desenlace trágico del personaje, un personaje al que sus acciones conducen a tal desenlace, pero no por maldad sino por ignorancia. Cuando la acción de una historia está bien construida tendemos de forma natural a identificarnos con sus personajes y con lo que a estos les sucede, pues asistimos a su evolución y podemos comprender tanto la naturaleza de sus decisiones como lo que motiva sus acciones. Si la trama logra evidenciar con la suficiente profundidad los móviles e intenciones que subyacen tras lo que cada personaje dice o hace, eleva nuestra capacidad de comprensión hasta el punto de acercarla a la verdad de los hechos, aquella en la que cada verdad personal -incluso con sus grados de mentira- constituye una parte de la verdad global de la historia. De este modo, podemos llegar a comprender que los personajes actúan presas del yerro que constituye una visión parcial u obcecada de las circunstancias, y que ello desemboca en un desenlace trágico en el que reconocen su equivocación -y nosotros con ellos-. Por ese motivo experimentamos compasión por el inocente -en tanto que ignorante- y temor por el semejante -reconocemos nuestra posibilidad trágica en nuestra capacidad de proceder con la misma ignorancia- en una suerte de liberación emocional de efectos terapéuticos: la catarsis.

Lo interesante es que Aristóteles plantea con este concepto una identificación entre diversos que -como decía- es absolutamente complementaria desde la óptica paradójica tanto con el principio de identidad como con el de no contradicción. Partiendo de ambos principios, pudiera no parecer lógico sino contradictorio sentir -en su tragicidad- la identidad de otro como propia, pero lo que sucede durante la catarsis es que la identidad no se niega sino que se trasciende. Es decir, que el sentido de identidad es superado precisamente a través de la identidad y solo puede ser superado a través de ella: dada nuestra condición psicológica evolutiva, el único camino para esta trascendencia de la identidad hacia la integración de la misma en la unidad -que se expresa en toda identidad- pasa por forjar una identidad sana y sólida. Una autoestima debe alcanzar la sanidad porque solo entonces se encontrará preparada para integrarse conscientemente en la unidad de todas las cosas. He aquí la "lógica paradójica": una identidad sana podrá ser trascendida hacia la unidad y a tal efecto disuelta en ella: cuando el ego es sólido, ya no hace falta ego: el ego es flexible.

Este paradójico sentimiento de comunión por identificación con el otro en su tragicidad al que Aristóteles denomina catarsis está muy arraigado en la vigencia homérica de su tradición literaria. Poco puede sorprendernos la teoría literaria del filósofo griego cuando el texto fundacional de la literatura griega finaliza con la asunción de nuestra humana condición trágica. Y me estoy refiriendo al desenlace de la "Iliada", cuando el rey troyano Príamo suplica de rodillas al héroe griego Aquiles que le permita llevarse el cadáver de su hijo Héctor para poderlo enterrar dignamente. Recordemos que Aquiles mató a Héctor y maltrató su cadáver para vengarse de la muerte de su amigo Patroclo a manos de Héctor. Es entonces cuando Aquiles se compadece de Príamo y comparte las lágrimas de este por su hijo Héctor con las suyas propias por su amigo Patroclo: puede reconocer el sufrimiento de Príamo por su hijo en el que él siente por su amigo y permite a Príamo enterrar a su hijo. Es el momento de la compasión el que nos vuelve más conscientes, en el que reconocemos nuestro sufrimiento en el ajeno y, con ello, comprendemos la condición trágica de la finitud humana: la catarsis de Aquiles es la de cada oyente (hoy lector) en un proceso paradójico de identificación con el otro que no es sino desidentificación de uno mismo: el temor y la compasión por el otro -y la consiguiente vinculación de la identidad con la alteridad (del yo con otro yo)- no manifiestan un tipo de toma de conciencia intelectual o lógica sino espiritual o paradójica. De manera que en el pensamiento de Aristóteles, además de la consabida diferenciación lógica (racional) de identidades, también existe la integración paradójica (emocional) de las mismas. Y esto nos lleva a examinar la "lógica paradójica" a la que se refería Erich Fromm.



Parece que nuestro problema en Occidente es que nos hemos acostumbrado a evaluar la realidad desde el nivel mental como si fuese el único importante, y ello pese a que sabemos que la mente es dialéctica y esa condición dual tiende a degenerar en maniqueísmo: esto es bueno, eso es malo. Por eso, la razón -con su principio de identidad- juzga como una contradicción la conciliación de opuestos, mientras que la sabiduría -con su identificación por compasión- la asume como unidad que integra los opuestos y acepta la condición paradójica inherente a esa integración. La inteligencia de la razón emite juicios intelectuales porque funciona desde un paradigma dual cuya interpretación es moral: la "lógica aristotélica". La sabiduría de la compasión -que va más allá del intelecto y las palabras- comprende las cosas tal y como son -las contempla- desde un paradigma no dual y que solo puede ser expresado mediante paradojas al adaptarlo al lenguaje para su difusión: la "lógica paradójica". Luego podríamos decir que juzgar (inteligencia) es siempre reactivo por cuanto se juzga desde el principio de identidad, mientras que aceptar (sabiduría) es siempre proactivo por cuanto se acepta desde el sentido de unidad, además de asertivo porque se responde en armonía con el entorno; y esa respuesta no es pasiva sino "inactiva" en el sentido taoísta de desapegada, pues es el ego el que juzga la realidad y trata de manipularla, mientras que la ausencia de ego la acepta y contribuye a su mejora sin forzarla.

Cabe insistir en la importancia de comprender que la condición sine qua non para la integración indiferenciada de identidades es el reconocimiento previo de tales identidades por medio del discernimiento (trascendencia e inclusión). Es un aspecto evolutivo propio de nuestra condición psicológica e intelectual. En realidad, la madurez consiste en un proceso de discriminación de aspectos de la realidad y posterior integración de los mismos en esa (la) realidad para así contemplar la realidad tal cual es. Cada nueva delimitación que hacemos de la realidad implica un redescubrimiento de la misma y sus características: descubrir nuevas cosas implica establecer nuevos límites entre estas y cualesquiera otras. Madurez es discernimiento, pues, entendiendo por tal un proceso de delimitación de la realidad (trascendencia) para su ulterior integración como realidad sin límites (inclusión). Es la "lógica paradójica" de la Sabiduría: un proceso interior desde la Identidad a la Unidad: del establecimiento de límites como condición para la disolución de tales límites.

Comentaba que aprender a delimitar contribuye a que nos construyamos una identidad sólida, es decir, una autoestima sana. Pero, para esa autoestima sana, tan importante como diferenciar unas cosas de otras es integrarlas en armonía con su contexto. De lo contrario estaríamos hablando de una autoestima alienada respecto de su entorno y no de una autoestima integrada en él. Luego una persona sana lo es no solo por su identidad sólida sino también por cuanto su solidez se asienta sobre la flexibilidad de la identificación con los otros. Cuanto más flexible, más sólido; y cuanto más sólido, más flexible a su vez: la "lógica paradójica" a la que se refirió Erich Fromm.

Esto no significa que la falta de flexibilidad de la alienación sea negativa, dado que la alienación forma parte del proceso de maduración; en todo caso, sí es perjudicial estancarse en la alienación. Por ejemplo, una persona con querencia por la verdad seguirá a lo largo de su vida un proceso de discernimiento entre lo que es cierto y lo que no lo es cuyo primer estadio pasa por reaccionar contra la mentira hasta el punto de detestarla, así como a quienes la practican. Pero eso -paradójicamente- es una forma sutil de autoengaño, una identificación con la verdad y consecuente rechazo de la mentira, que también es consubstancial a la falible naturaleza humana. Donde no hay aceptación, donde existe el rechazo, se dan la alienación y el engaño en forma de autoengaño. De ahí que sea necesario -por beneficioso para todos (para el medio ambiente)- avanzar al siguiente estadio de aceptación (compasión) hacia la mentira y quienes la ejercen y de ese modo poder contribuir a que aprendan a prescindir de ella. Así pues, lo primero es cuestionarse siempre, permaneciendo atentos a cada posibilidad de autoengaño en cada situación que se nos presenta, y lo siguiente -y solo entonces- es ayudar a los otros a que se cuestionen, pero echándoles una mano, no un lazo. Si contribuimos a mejorar la autoestima ajena, seguro que encontramos un propósito para mejorar la nuestra. Y nada como el sentimiento de comunión para afianzar la autoestima, nada como la práctica de la (des)identificación para una identidad sana, nada como el hábito de la compasión para el aumento de la sabiduría, nada -pues- como el ejercicio de la involucración para dotar de sentido a nuestra nimia existencia. Ya que pasamos por aquí, aportemos un poco de valor como legado.



Este hábito de la compasión puede desarrollarse adquiriendo un sentido de la profundidad -hacia la que tiende la condición humana- mediante la contemplación de la vida tal cual es, e incluso mediante la contemplación de la recreación de la vida tal cual es, como sucede con la experiencia catártica vía storytelling acerca de la que discurre Aristóteles en su "Poética". No solo la Vida, también el Arte y la aprehensión de sentido que se alcanza con su contemplación sirven para desarrollar nuestra capacidad para ponernos en el lugar de los otros. Y Aristóteles -como vengo sosteniendo a partir del texto de Erich Fromm- no solo razonó sobre la "lógica (aristotélica) de la Identidad" sino también sobre la "lógica paradójica de la Unidad".

Al final, parece que la vía racional no nos vuelve necesariamente más comprensivos con nosotros y con los demás debido a que no es la única vía de conocimiento, aunque nuestra "lógica de la identidad" de la cultura occidental haya propendido al reduccionismo (o autoengaño) de considerarla casi la única vía válida. Pero ya dijimos que no solo se trata de demostrar la realidad sino también de mostrarla, no solo de explicarla sino también de expresarla, no solo de razonarla sino también de sentirla, no solo de interpretarla sino también de contemplarla, y no solo de codificarla sino también de verla. La lucidez no guarda exclusivamente relación con la inteligencia -que también participa de aquella- sino con el discernimiento entre las manifestaciones de la verdad relativa -egoicas, duales, ilusorias y transitorias- y la vacuidad de la verdad absoluta -transegoica, no dual, consciente y presente-. Todos nos volvemos más lúcidos cuando ampliamos el horizonte de nuestra concepción de la realidad, antes por observación y percepción que por deducción e inferencia. Nuestra capacidad de discernir está más relacionada con la detención del pensamiento -con sus distorsiones y proyecciones- mediante la vía contemplativa que con la verborrea intelectual -y sus justificaciones-. De hecho, la inteligencia funciona con gran destreza gracias a la sujeción que sobre ella ejerce el hábito de prestar una "atención plena" en lo que sencillamente sucede y simplemente es. Una inteligencia adiestrada por la atención tiende a involucrarse con el entorno, actúa movida por la compasión hacia el sufrimiento ajeno -que identifica como propio- y desarrolla así la Sabiduría de la Clarividencia, que consiste en aprender a ver con claridad, una claridad que no puede ser explicada con la lógica intelectiva sino expresada con una lógica paradójica que ejemplifica mejor la catarsis del storytelling sespiriano que las "palabras, palabras, palabras" de toda esta extensa explicación.

Zafu


En cierto momento del comienzo de la "Eneida" de Virgilio, un personaje tan significativo como Dido afirma: "Non ignara mali, miseris succurrere disco" ("No desconocedora del mal, aprendo a socorrer a los desgraciados"), una apreciación que ejemplifica a la perfección la pietas del héroe -que se atribuye a Eneas- en nuestra tradición clásica. Esa "piedad" como responsabilidad y sentido de lealtad hacia los otros no surge de la nada, sino que emana -tal y como apunta la heroína cartaginesa- del interior de quien ha comprendido por experiencia propia la naturaleza del sufrimiento y, en consecuencia, está preparado para "apiadarse" del sufrimiento ajeno y compartirlo como suyo -como nuestro- socorriendo a los miserables que lo padecen, a sus semejantes. Y es que, desde el punto de vista puramente egoico, desde la "lógica de la identidad", desde el yo que interpretamos, nos creemos y arrastramos cada uno de nosotros, la vida es solo y siempre una derrota, una sucesión de expectativas y desengaños, de reacciones y aceptaciones, de desgarros y regeneraciones, de encuentros, desencuentros y reencuentros que deberían servirnos para adquirir cierta perspectiva -abandonar la propia- y relativizar (verdad relativa) la transitoriedad de cuanto nos sucede y -con ello- de nuestro narcisismo inocuo. Todos tenemos el corazón roto y vivimos la vida aprendiendo a convivir con lo que Leonard Cohen acertó al llamar "derrota invencible". Pero lo importante no es la derrota de la identidad en el nivel relativo, sino cómo manejamos esa derrota: podemos aprender a vencernos a nosotros mismos mediante el ejercicio sistemático de desidentificación por identificación con el sufrimiento ajeno, por prestar una atención ecológica a la naturaleza del sufrimiento que cada ser vivo expresa en un nivel absoluto; en ese nivel, las identidades se contemplan y perciben como ilusorias e impermanentes en tanto que portadoras de la unidad que las trasciende. Es en ese nivel transegoico -que supera la identidad desde la identidad- donde nos hemos vuelto auténticamente conscientes, donde hemos alcanzado nuestra potencial visión de la Unidad que se expresa en la naturaleza del sufrimiento compartido por cada ser vivo -que intenta vivir como sabe y puede-. Y es entonces cuando el principio de Identidad se amplía hacia el sentido de Unidad que cada uno puede contemplar a cada momento en cada cosa: en todas las cosas. Es entonces cuando uno se puede adiestrar en contemplar a cada momento en cada persona la semejanza que aporta el brote de Unidad que cada cual porta. Desde este punto de vista y en ese nivel absoluto, podremos compartir y no juzgar, detectaremos y afianzaremos lo que nos une partiendo de lo que nos identifica y diferencia, y nos encontraremos en disposición de contribuir a construir una cultura de la cooperación ecuménica que facilitará la convivencia entre personas diversas -ni excluidas ni excluyentes-. Esa cultura estará fundada en la forja de la convicción interior del sustrato de Unidad que cada Identidad expresa, y será esa convicción poderosa la que nos mueva a la cooperación exterior por un mundo donde cada cual pueda beneficiarse de la actitud benefactora. ¿Te apuntas?

PD: El vídeo que sigue es un precioso ejemplo de catarsis: de la Belleza en la mirada mojada de quien comprende -escuchando una canción- que también está esperando la muerte, que todos la esperamos. Entre el dolor y la nada, el negro escuchando a Van Zandt eligió el dolor... y por ahí alcanzó la Verdad que evidencian sus lágrimas: es el noble arte de darse cuenta... Como escribió Esquilo, "por el sufrimiento hacia el conocimiento".




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