lunes, 29 de julio de 2013

Responder es Crecer

Cada vez voy desarrollando más la convicción de que lo que convierte en valiosa a una persona es su propensión a responder ante cualquier circunstancia que se le presente. Puede que tienda a responder de forma natural, pero qué duda cabe de que -con los años- es el hábito adquirido de responder, y de hacerlo con consciencia, lo que marca la diferencia entre esa persona y cualesquiera otras.

Le escuchaba esta semana a una persona definir en una sola palabra el éxito: "crecimiento". Considero tal definición inapelable. ¿Por qué? Porque lo que le lleva a una persona a desarrollarse como tal es su progresiva exposición a los acontecimientos que se le presentan, sean cuales fueren. No es ya que la persona sea decidida, sino que aprende a decidir a fuerza de tomar decisiones, lo que le va conduciendo a comprender la relevancia de proporcionar respuestas y de hacerlo con diligencia en su interacción con los otros.

Así pues, adquirir el hábito de responder ante cada situación que se plantee implica crecimiento porque la persona debe cuestionarse para poder discriminar qué es preferible y beneficioso y, de ese modo, va conformando y matizando sus criterios y valores con que asume unas pautas de actuación que van limándose hacia la coherencia. El hábito de la coherencia solo madura mediante el esfuerzo y coraje del (auto)cuestionamiento. Quien se cuestiona, evoluciona; y, como consecuencia, cuestiona las convenciones sociales mientras derrama sobre ellas gotas de cambio. De ahí que, cuantas más personas se esfuercen por iniciativa propia -la única viable- en desarrollar la clarividencia y se atrevan a concebir y proponer alternativas factibles que cuestionen la realidad vigente, más posibilidades se den de que muchos las asuman, todos las acaben conociendo y la mayoría aceptando -no sin primero abierto rechazo- tiempo después. ¿Os suena? Es la historia de nuestra civilización.

Sin embargo, la mayoría de las personas en nuestra sociedad -y esto se comprueba con facilidad en el entorno laboral- van adquiriendo progresivamente el hábito opuesto: el de no responder ante cada situación con decisión sino con cinismo reactivo. Por este camino, acabamos por asumir como apropiado lo conveniente para cada uno y no lo beneficioso para todos, que es aquello que puede implicar cuestionar -aunque incomode- lo vigente, claro está con ánimo de mejorarlo antes que de justificarse en la queja. Por cierto, que la queja no es perjudicial porque es un eslabón evolutivo en tanto que forma parte del inicio de todo cuestionamiento, pero sí lo es cuando sirve a la comodidad de un círculo vicioso sin acción ni deseo de acometerla. Y la acción es un imperativo moral. Siento ser rotundo, pero veo demasiadas personas quejándose en las calles y callándose en los trabajos. Y lo repito: no se trata tanto de protestar como de mejorar... y de asumir las consecuencias de procurar esa mejora, que bien podrían implicar el perjuicio de uno mismo. Sobra decir que no tiene nada que ver una persona que se cuestiona y cuestiona la realidad con una que cuestiona la realidad para no cuestionarse, así como que quien considera perjudiciales por igual ambos modelos necesita con urgencia ser cuestionado.

Es una lástima comprobar cómo tantas personas interiorizan la idea de que la madurez en los trabajos -como en la vida- se alcanza cuando uno comprende que la impostura es necesaria y empieza a aplicarse en fingir, convencido de que la docilidad interesada es la única forma de supervivencia profesional, y de que es lo apropiado -tal y como comentaba- para no perjudicarse en lo laboral a sí mismo, como si el cinismo no fuese, además de una herramienta de uso, un cáncer para la convivencia y una gangrena para el crecimiento personal. Ello no quiere decir que la supervivencia profesional y personal se pueda alcanzar desde la transparencia absoluta; ser transparente con los demás nunca es práctico porque se malinterpreta como un síntoma de necedad, lo que acarreará bastante sufrimiento -si bien no conozco a ninguna persona íntegra que no haya intentado primero ser transparente y a la que no conmueva quienes lo son-. En todo caso, y este sería otro tema, convendría apuntar que la persona iluminada o absolutamente consciente y plenamente atenta se caracteriza por una absoluta transparencia no inocente sino presente (de presencia). El hecho es que más de lo que nos gustaría debemos fingir en esta vida, pero como mal menor, en un cierto grado, ante circunstancias en las que sea preferible y hasta beneficie al bien común, y -por supuesto- dentro de unos límites claros que jamás atenten sobre la honestidad e integridad personal de cada uno. Cuántas personas difuminan su identidad en aras de un ascenso, inconscientes de que con ese objetivo pero sin dirección se están perdiendo a sí mismas para ganar algo que no es suyo. Acaba resultando fácil diferenciar entre quienes siguen la dirección de sus valores y quienes, movidos por expectativas narcisistas, actúan en busca de aceptación. Los primeros dependen más de sí mismos y los segundos más de las veleidades del contexto. Los primeros son aptos para dirigir equipos y los segundos sencillamente no, aunque sean los técnicos más hábiles en su oficio. Una cosa es jugar bien al fútbol y otra ser un buen capitán.

Se puede comprobar lo antedicho en la calidad de las respuestas que generamos ante incomodidades y conflictos. Hay personas que -como decía- responden ante cualquier circunstancia (a veces con silencios significativos) mientras que otras reaccionan (más que responden) con silencios que revelan miedo o indiferencia y, con ello, mediocridad. Lo valioso es ofrecer una respuesta desde la convicción de que proporcionar una respuesta a cada situación es siempre necesario; lo mediocre es no disponer de una respuesta desde la falta de criterio de quien reaccionará -aunque sea con silencio- ante cada situación por no haberse esforzado en comprender la relevancia de responder. No es lo mismo responder con un silencio intencionado y necesario que reaccionar con un silencio improvisado y sin sustancia. No es lo mismo saber qué hacer por haber aprendido de hacer sin saber, que no saber qué hacer por no haber aprendido a querer hacer. Y es que la predisposición dispone a la convicción porque el hábito acaba por convencer a quien habita en él. 

Sea como fuere, a medida que van transcurriendo los años podemos ir aprendiendo que las personas y las situaciones se pueden medir si se presta atención a los detalles. Y estoy desarrollando la férrea convicción de que las personas valiosas son las que tienen el hábito adquirido de responder siempre a las circunstancias. El valor radica en moldear las circunstancias y la ausencia de valor en permitir que las circunstancias sean las que moldeen.

En definitiva, por un lado hay quienes prefieren callar ante las circunstancias conflictivas que la vida les presenta con la poco reflexiva idea de que hacer como si nada ocurriese no los perjudicará; por otro lado, hay quienes prefieren acometer una acción como respuesta a los conflictos, aunque yerren y sufran las consecuencias de perjudicarse e incluso perjudicar al intentar beneficiar. Los primeros practican la evitación y obtienen la inconsciencia a largo plazo como efecto de su neutralidad. Los segundos practican la exposición y obtienen la consciencia a largo plazo como efecto de su beligerancia. Que cada cual elija. Yo prefiero crecer...




4 comentarios:

  1. "Las personas valiosas son las que tienen el hábito adquirido de responder siempre a las circunstancias." Admiro del texto el rigor de tu pensamiento, Pablo, y la concreción de conceptos de que haces gala; y al tiempo que los admiro también me sorprendo. Hablas de lo valioso de una persona que sabe responder y lo subrayas como una muestra de crecimiento, autorrealización y moralidad; y me llama la atención que uses el termino "valioso" en vez de "validez" o "válido", como para hacer hincapié, imagino, en la idea de riqueza, quizás en la idea de poder... ¿Querría decir esto que el crecimiento de una persona va indisolublemente asociado al desarrollo de esa capacidad de réplica o reacción que le permita posicionarse, posicionarse en una situación ventajosa? Disculpa la conclusión apresurada y el tonillo falaz. Como ves lo silogismos no son lo mio. Será que mi comentario no es más que el intento de acercamiento de una dionisiaca cualquiera al apolinio que se cruzó en su camino. Si bien me gusta cómo discurres no puedo dejar de pensar que crecer es mucho más y que como diría el adagio de Lord Henry: "La vida no la gobiernan la voluntad y la intención. La vida es una cuestión de nervios, fibras y células lentamente formadas en las que el pensamiento se esconde y la pasión sueña"

    Buenas noches

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    1. Hola ÁbdiCo. Lo cierto es que, en efecto, al usar el término "valioso" (remite a "valor") a lo que me refería era a "válido" en el sentido de veraz, bondadoso y bello. De hecho, creo que durante todo el post me refiero a ese tipo de "validez", del mismo modo que vinculo el éxito al crecimiento interior, que no es sino empoderamiento y enriquecimiento personales. En cualquier caso, me parece muy interesante lo que plantea tu comentario, pues las palabras poseen connotaciones personales y culturales y ocurre que términos como "valioso", "éxito", "riqueza", "poder" o "intencionado" pueden tomar matices muy diversos según quién los lea o escriba. Vincularlos por ejemplo a "valor material o monetario", la "fama", el "dinero y enriquecimiento ilícito", la "voluntad de poder" o la "mala intención" sería una opción -no digo que sea la tuya-, pero una opción que limitaría bastante sus posibilidades semánticas y que -por cierto- más que una opción creo que constituiría una herencia cultural. Por ejemplo, el uso que le he dado a la palabra "intencionado" en el texto es el de bienintencionado en el sentido de consciente en tanto que compasivo y por ende emocional. Y matizo también lo de compasivo: ponerse en el lugar de los otros, nunca tenerles lástima. Por otra parte, creo que el ejercicio de la valiosa/válida coherencia no suele conducir a situaciones de contexto precisamente ventajosas a quienes la ejercen, aunque sí de crecimiento interior. Otro ejemplo de lo anterior sería el de la palabra "poder", cuyo uso nada tiene que ver con algo perjudicial y negativo para el bien común por ejemplo en alguien como Eckhart Tolle. A donde quiero llegar con esto, ÁbdiCo, es a que -si no te he entendido mal- realmente nuestros puntos de vista convergen bastante. Además, tu acercamiento dionisiaco es muy de agradecer y lo aprovecho para comentarte que las apariencias (las palabras) engañan y créeme si te digo que ante todo soy una persona apasionada que -seguro que como tú- sueña con un mundo donde la inteligencia más importante no sea la de la razón sino la del corazón, aunque razón mediante. Me despido agradeciéndote de veras tu extenso comentario al que confío en haber correspondido y con un una cita Sioux: "El viaje más largo que harás durante tu vida será desde la cabeza hasta el corazón". Un abrazo.

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  2. Curioso llegar a este artículo después de acabar de escribir sobre algo parecido en mi blog. Yo también me quedo con la opción de crecer :)
    Saludos!
    Http://riesgografias.blogspot.com

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  3. Hola Sandra.

    En un reciente y bellísimo post de tu blog RIESGOGRAFÍAS -titulado "Facebook como espejo del corazón"- comentabas que el primer paso para el crecimiento implica "reconocernos como buscadores". Y es cierto: sean cuales fueren las circunstancias de cada buscador, el hecho de asumir conscientemente tal condición le conduce a tomar una dirección en la que inexorablemente habrá de encontrarse con otros cuya "necesidad de encontrarse" también sea compartida. Ese "espacio común" solo puede tener lugar por el roce entre semejantes. El primer paso aquí lo diste tú con tu irrupción en este blog; el siguiente, en consecuencia, lo doy yo por correspondencia con tu afinidad electiva hacia mí.

    Todos nos buscamos, no todos somos todavía conscientes de esa búsqueda, pero para todos la búsqueda como eslabón evolutivo tiene razón de ser. ¿Por qué? A fuerza de buscarse a sí mismo, llega el día en el que uno acaba por descubrir que no hacía falta buscarse, que bastaba con encontrarse, y que -paradójicamente- ahí residía el valor de la búsqueda como proceso que se autodiluye en el encuentro de sí mismo, un encuentro que además solo puede tener lugar en contacto con otros, en ese "espacio común" al que tan acertadamente te refieres. Y en ese proceso de búsqueda y auto encuentro, de regeneración de la búsqueda y auto reencuentro, de contactos y desencantos, encuentros, desencuentros e incluso reencuentros, se mueve ese proceso en el que consiste nuestra vida: nuestro crecimiento.

    En el post al que te refieres, "Lo que pasa cuando no pasa nada", mencionas la relevancia de "mirar lo que se mueve por dentro", que es tanto como "dejarse sentir" y observar las emociones como lo que siempre son: un proceso complejo, que a menudo inconscientemente tratamos de simplificar para nuestra comodidad, una comodidad siempre vicaria. Como bien dices, "no se trata de sufrir, sino de vivir el proceso lógico de lo doloroso cuando llega" porque el sufrimiento siempre es inconsciente y también es necesario atravesarlo, pero el dolor es consciente y se deja sentir en toda su complejidad. Podemos simplificar las emociones y, con ello, nuestra vida -aunque la vida no sea ni por asomo simple- o intentar vivirla en el mayor grado de complejidad que estemos dispuestos a abarcar, lo que curiosamente nos conduce a la sencillez.

    Por eso, bucear en el "sótano" de nuestro mundo emocional nos permite reconocer nuestros sufrimientos y que remita su incidencia en la calidad de nuestras respuestas. Por eso, "no negar el dolor" implica aprender a vivir con coherencia emocional, la de quien se aplica en ejercer la responsabilidad de aceptar las consecuencias tanto de lo que acomete como de lo que le sucede. Por eso, Sandra, te digo que así se desarrolla una nueva manera de ver y aprehender la realidad en la que cada aspecto de la misma adquiere un "matiz de trascendencia" -como bien apuntas- y en la que puedes reconocer a quienes también buscan y encuentran ese sentido trascendente que permite llamar a las cosas por su nombre y que prescinde -por inane- de cualquier sobrestimación optimista o devaluación desesperada, ambas las cuales distorsionan con su narcisismo lo que sencillamente sucede. Y en ese camino entre la distorsión y la observación (la atención) nos movemos todos todo el tiempo, aunque es preferible por beneficioso ser conscientes del camino, que es lo que tú te has ARRIESGADO a proclamar, y que -en uso de nuestro "espacio común"- apuesto por compartir contigo.

    Un beso, Sandra.

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